
Ese descabellado, desairado y encadenado punteado de tus dedos en la guitarra se entremezcla sutil y se reparte en el espacio desde el silencio más absoluto, vagando distante en el tiempo que nos sucede, pasa deprisa, tan deprisa, que cuando todo termina siento las ganas, esas ganas ya tan inmensas de quererlo, todo, otra vez, tan cerquita de mi alma.
El sabor de esos colores de las gargantas surcando entre las emociones, casi sin importar las palabras. Ese sencillo brillo que circula entre las cuerdas ya tan rodadas dicen todo en unos segundos, aunque tampoco hablan de nada y, sin quererlo, se van quedando en mi corazón anclados, no empalagan. Tanto tiempo navegando por el mundo sin rumbo fijo y, en la distancia, se encuentran en un punto inexacto esas esencias que atrapan y, cuánto tuvieron que ver esas cuerdas finas que me dejaron descubrir por dónde andabas, hasta cuando, no lo sé, pero desde el interior una vocecita canta, alimento perfecto para mi alma. Enloquecer con esa pasión inexacta que permite volar entre las poquitas horas en las que me acompañas, porque en la música, que nunca ha sido ciencia exacta, todo se queda, nada pasa y, en el paso de ello algo brota, como la mejor de las esperanzas, uno se siente arropado por otro que ni tan siquiera sabe que le ha dejado el alma, aunque sea sólo por un instante, esa sed de vida saciada.
El sabor de esos colores de las gargantas surcando entre las emociones, casi sin importar las palabras. Ese sencillo brillo que circula entre las cuerdas ya tan rodadas dicen todo en unos segundos, aunque tampoco hablan de nada y, sin quererlo, se van quedando en mi corazón anclados, no empalagan. Tanto tiempo navegando por el mundo sin rumbo fijo y, en la distancia, se encuentran en un punto inexacto esas esencias que atrapan y, cuánto tuvieron que ver esas cuerdas finas que me dejaron descubrir por dónde andabas, hasta cuando, no lo sé, pero desde el interior una vocecita canta, alimento perfecto para mi alma. Enloquecer con esa pasión inexacta que permite volar entre las poquitas horas en las que me acompañas, porque en la música, que nunca ha sido ciencia exacta, todo se queda, nada pasa y, en el paso de ello algo brota, como la mejor de las esperanzas, uno se siente arropado por otro que ni tan siquiera sabe que le ha dejado el alma, aunque sea sólo por un instante, esa sed de vida saciada.

Tu guitarra, mi voz, tu voz y mi guitarra, haciendo el amor entre las notas y musicalmente sintiendo muchas cosas, todo para ser como el mejor de los.........me lo callo, no lo digo, mejor imagina, porque el que no lo haya podido sentir no entenderá nada.